La mejor escritura es la que te acerca a tu mundo interior
Hoy quiero contarte un poco sobre la forma en la que yo escribo. Y es que me gustaría decirte que cuando empecé a escribir lo hacía en un diario, como muchos lo hicimos en la niñez y adolescencia. En ese entonces escribía mis enojos, mis ilusiones y por supuesto muchos de mis secretos, pero con el tiempo dejé de hacerlo, quizá porque toda la tinta se me iba en apuntes de la escuela, además de que llega esa edad en la que el intento por congeniar con el mundo de afuera se vuelve lo más importante.
Un poco más grande, cuando estaba en la universidad, las emociones, sentimientos y contradicciones del día a día me llevaron a buscar un cuaderno especial otra vez, necesitaba contarle alguien lo que no podía decirle a personas cercanas y me pareció que escribir era una buena forma de desahogo. Lo hice primero con pequeñas narraciones, después eso no fue suficiente, empecé a escribir de otra manera, en mi mente empezaron a formarse historias, fantasías que cada vez se hicieron más profundas y complejas. Escribirlas era lo que más me gustaba hacer en el día, era una forma de expansión, de decir indirectamente lo que estaba ahí dándome vueltas, como si tuviera la oportunidad de poder vivir otras vidas en las que yo podía controlar los destinos.
Esa forma de crear y de explorar mi creatividad fue un gran reto y a la fecha me sigue sorprendido de muchas maneras. La necesidad de formarme en la parte técnica y retarme a crear y sostener historias de principio a fin ha sido un viaje con el que estoy satisfecha y agradecida, pero a decir verdad, también me ha traído las más grandes frustraciones de mi vida.
Mi historia con la literatura es un tema aparte, pero la realidad es que además de la frustración mi vida en general era un caos, todo estaba de cabeza. No hubo más remedio que atravesar mi propia historia y sacar a la luz mi verdadera identidad, no solo para sanar y arreglar lo que necesitaba arreglo, sino para entender por qué dentro de mí había tanta confusión y contradicción, entonces probé con escribir algo más honesto, algo que me acercara a mi esencia, a mi verdad y a lo que estaba reprimiendo.
Si te contara lo difícil que fue escribir mis sentimientos y pensamientos tal como eran no me lo creerías. Me resistía a escribir todos esas emociones negativas sobre mí misma y sobre mi vida porque me daba vergüenza, sumado a que no soy muy buena confrontando y peor aun si se trata de confrontarme a mí misma. Todo lo negativo que no expresé solo se acumuló y aunque estaba ahí en mis narraciones e historias no lo veía como algo mío, no lo aceptaba como una parte importante de mí.
Escribiendo con toda la verdad que pude y con ejercicios específicos esta escritura se convirtió en un ritual en el que descubrí que lo importante es lo que ocurre mientras voy plasmando todo eso que me duele y también lo que me hace feliz. Me propuse escribir la realidad, sin preocuparme por la redacción, sin pensar si alguien lo leería, solo como un desahogo que no había necesidad de corregir ni de volver a leer si no quería, sutil y sorpresivamente empecé a sentirme diferente con mi propia historia. Mi corazón y mi mente empezaron a armonizar.
Nunca hubiera pensado que la escritura no solo es para mostrar, sino que también es para escucharse y no hay acto más íntimo (y a veces más difícil) que poner atención a lo que nos ocurre, a deshebrar con paciencia un poco de nuestra existencia. La aceptación y liberación terminan siendo la recompensa, acercándonos a quienes realmente somos.
Entonces, es así como hoy te escribo, con la ilusión de que en tus letras también te encuentres y logres dispersar el caos que podría estarte molestando ahora mismo.
En la próxima entrada te hablaré de algunos ejercicios que me han servido y que utilizo en mi taller para que puedas ponerlos en práctica. El fuego de la cabaña abierta sigue encendido.
